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Discurso del ministro de Relaciones Exteriores, Johann Wadephul, con motivo del acto conmemorativo: “75 años de la refundación del Ministerio de Relaciones Exteriores”
Estimado señor Presidente Federal, querido Frank-Walter Steinmeier,
queridos colegas,
Excelencias, estimados invitados:
Aquí, en la segunda planta, estimado señor presidente federal, usted ya conoce bien este lugar, hay una gran placa conmemorativa.
En la parte superior de la placa figuran trece nombres.
Los nombres de los miembros del Servicio Exterior que, durante la dictadura nazi, se sintieron obligados a seguir su conciencia. Entre otros, los que participaron en el atentado del 20 de julio.
Los que pagaron con su vida su postura y sus actos coherentes.
Pero en la placa figuran más nombres:
Los nombres de quienes han perdido la vida en servicio activo desde 1945.
Murieron como víctimas en guerras, en el Líbano, por ejemplo. O en atentados terroristas. Como en el asalto de la RAF a la embajada alemana en Estocolmo. O como Gerold von Braunmühl, cuya muerte a manos de la RAF cumple este año su 40.º aniversario.
Las personas detrás de todos estos nombres murieron al servicio de una política exterior alemana comprometida con la paz.
El hecho de que, tras las atrocidades del Tercer Reich, se pudiera volver a tener una política exterior de este tipo se lo debemos, sobre todo, a los aliados occidentales.
Porque en 1945 ya no existía una política exterior alemana.
No se le permitía existir.
Hasta que los Estados Unidos de América, Gran Bretaña y Francia devolvieron, poco a poco, la responsabilidad política a una comunidad que, en mayo de 1949, se constituyó de nuevo como República Federal de Alemania, un Estado democrático y libre.
Así pues, para recuperar la capacidad de actuar también en materia de política exterior, en la mañana del 15 de marzo de 1951 —es decir, hace 75 años— se volvió a fundar un Ministerio de Relaciones Exteriores.
Y se denominó —como ya desde los tiempos de Bismarck— de nuevo “Ministerio Federal de Relaciones Exteriores”.
Con Konrad Adenauer como primer Ministro Federal.
¡No era algo que se diera por sentado!
Porque el Ministerio de Asuntos Exteriores estaba tan fracturado como la sociedad alemana de la posguerra.
La larga sombra de la dictadura nazi se podía percibir en los conceptos, en las personas y en las estructuras.
El hecho de que los aliados occidentales nos depositaran su confianza se debió, sobre todo, a aquellas personas que NO se dejaron corromper por el nacionalsocialismo.
Y que nos transmitieron una brújula moral clara.
Y esto me lleva a la segunda imagen, una fotografía.
Muestra a Konrad Adenauer, el 21 de septiembre de 1949, seis días después de su elección como Canciller Federal.
Está de pie sobre una alfombra y lee algo.
El lugar era la sede de los Altos Comisionados Aliados en el Petersberg de Bonn.
Ese día entró en vigor el Estatuto de Ocupación.
Es decir, la normativa que establecía qué derechos seguirían teniendo los aliados occidentales —los Estados Unidos de América, el Reino Unido y Francia— en la nueva República Federal.
Según el protocolo, se había establecido que ese día los Altos Comisionados debían situarse sobre una alfombra. La delegación de la República Federal, en cambio, debía permanecer de pie sobre el suelo desnudo junto a ellos.
Sin embargo, Adenauer rompió el protocolo y simplemente se colocó sobre la alfombra junto a los aliados.
Y desde allí pronunció su discurso.
Nadie protestó.
La escena se convirtió así en un gesto simbólico de la recién adquirida confianza en sí mismos.
En un primer paso hacia la madurez política.
Señoras y señores,
¿Por qué les cuento todo esto?
No porque la reflexión sobre nuestro propio pasado sea un fin en sí mismo.
Sino porque nos interesa, en la actualidad, tener presente nuestra historia.
Porque mirar atrás nos ofrece la oportunidad de aprender para el presente y el futuro.
Estoy convencido de que:
la diplomacia es hoy más necesaria que nunca.
Porque nos enfrentamos a nuevos retos trascendentales:
Mencionaré tres aspectos:
En primer lugar: el orden internacional tal y como lo hemos conocido durante los últimos 75 años se encuentra bajo presión; hay quienes intentan destruirlo.
En segundo lugar: nuestra relación transatlántica está experimentando una profunda transformación. Abogo por que nunca olvidemos que fueron, sobre todo, los Estados Unidos de América quienes nos liberaron del régimen nazi, marcaron la joven República Federal y nos hicieron posible la reunificación.
En tercer lugar: por primera vez en generaciones, Europa debe hacer frente simultáneamente a dos guerras en nuestras fronteras y en nuestro vecindario:
una guerra de agresión de Rusia contra su vecina Ucrania en pleno centro de nuestro propio continente, y una guerra en Oriente Próximo y en el Golfo.
Nuestra propia seguridad está posiblemente en peligro de forma más concreta de lo que lo ha estado en los últimos 75 años, y lo digo como alguien que aún recuerda bien la tensión de la Guerra Fría en su calidad de soldado.
Y por eso debemos permanecer unidos en Europa.
Y hacer de la seguridad de Europa nuestra máxima prioridad.
Ante estos retos y peligros, intentar preservar un futuro de seguridad, libertad y prosperidad, y volver a forjarlo una y otra vez, es, en mi opinión, LA tarea de la diplomacia alemana.