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BERLÍN: Otoño (por Luis Chaves)

Artículo

Con esta cuarta y penúltima entrega, el escritor costarricense Luis Chaves continúa el relato de su estadía de un año en Berlín como residente del Programa de Artistas en Berlín, del DAAD.

Empiezo a escribir este capítulo un 10 de diciembre, jueves, fin de la tarde. Estamos los cuatro pegando gritos desde todos los extremos de la casa. Mariajo estaba en lo suyo y yo trataba de leer en el cuarto del fondo cuando explotó una pelea de hermanas de otro nivel. Calibre G.L.O.W. (Gorgeous Ladies Of Wrestling). LaMayor intentaba la doble Nelson, LaMenor le aplicó el piquete de ojos. Por encima de los alaridos y llanto dramático de una y el exaltado blindaje de la otra, avanzo vociferando por el largo pasillo hasta la habitación de las niñas, alimentando el caos. Hay altas probabilidades de que los alemanes del resto del edificio (cinco apartamentos más) estén a punto de llamar a las autoridades. De llegar la policía me vería forzado a negarlas, no conozco a estas mujeres, oficial. Yo vine a entregar una pizza. Todo en castellano, claro, incriminándome enseguida.

Con los vecinos pasa como con los policías, está el vecino bueno y el vecino malo. En realidad todos nuestros vecinos son gente afable, cordial, observan los protocolos tácitos de la urbanidad. Todos menos los vecinos de abajo. El policía malo. Una familia de winners alemanes, dudo que haya algo peor. Familia de postal del Deutsche Bank. Con escasas semanas de instalados aquí, al tercer o cuarto intercambio de saludos se activó la química negativa. No medió ningún choque ni fricción, ni siquiera un ceño fruncido. Únicamente una mala vibra general y familiar, más bien tribal, que talvez tenga explicación en el ácido desoxirribonucleico. Por dicha nos vemos poco, mucho menos ahora que el final del otoño nos está conduciendo a la boca del túnel del invierno. Pero cada cruce, que nos apuramos a terminar, en las gradas, en el pasillo, en la puerta de entrada, lo afrontamos con el escudo de las sonrisas falsas que, vistas desde el exterior, son iguales a las otras. Mis hijas, con toda naturalidad desde hace meses ya ni se molestan en saludarlos. Genias.

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Estaciones eran las de antes. Esa parece ser la disculpa de todo berlinés que trata de explicarnos por qué el inicio del otoño fue más frío que estos días previos a la transición al invierno que se viven en los dos dígitos de la escala Celsius.

Efectivamente, sobre el puente entre el verano y el otoño, descendió la niebla. También la temperatura. Por motivos-literarios viajé a Buenos Aires por una semana precisamente en el cambio de estación. En el hemisferio sur, a doce mil kilómetros deBerlín me tocó más bien el inicio de la primavera. Al regreso, me encontré dos pruebas del otoño: aterrizamos en Tegel a las 7:30 p.m. y ya empezaba a oscurecer. Había iniciado ya el trayecto de regreso el péndulo de las horas de luz. Ya en casa, después de cenar con las mujeres de la casa me quedé tarde en la compu amortiguando el jetlag y cuando me fui a acostar la casa estaba en tinieblas, todas dormían. Como un nuevo-ciego, caminé en cámara lenta, con los brazos estirados por delante. Llegué al cuarto y me ubiqué de mi lado de la cama, el derecho o el izquierdo según se vea. En fin, ya ahí me deshice del pantalón y, es aquí donde quería llegar, me quité el suéter en medio de decenas de pequeñas detonaciones de electricidad estática, minúsculas descargas eléctricas, fosforescentes, mini relámpagos neón verdeazulado entre mis brazos y el algodón del suéter. La ciencia le llama efecto triboeléctrico. Recordé que eso sucedía todas las noches del invierno pasado y la primera mitad de la primavera.

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A inicios de octubre viajé a Dresden, capital de Sajonia, ciudad de la que primero me habló Kurt Vonnegut en Matadero cinco, conocida como la “Florencia del Elba” hasta su destrucción masiva en el bombardeo en febrero de 1945. “Probablemente la ciudad más hermosa del mundo” escribió Vonnegut de un lugar que desde sus orígenes se caracterizó por el esplendor cultural y artístico.

Otra vez se trató de un viaje por motivos-literarios. Con uno de los anfitriones caminé por el casco viejo, ahora totalmente reconstruido. “Todo por afuera, pura fachada”, me dice en inglés Volker, “es como Disneylandia”. Después de la lectura en el Stadtmuseum (Museo de la Ciudad), fuimos a comer con otros del grupo que organizó el evento. En el timbre paciente y robotizado de sus respuestas a mis insistentes preguntas sobre Vonnegut y la ubicación del matadero donde estuvo preso, comprendí que los escritores de Dresden sienten sobre ese tema lo mismo que el tico que sonríe en automático cuando un extranjero le tira un “¿Costa Rica? ¡Pura vida!”.

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Nos visitó familia, también amigos. Hubo entonces que ser anfitriones y guías turísticos. Hay fotos de esos paseos por la East Side Gallery en el distrito oriental de Friedrichshain-Kreuzberg, una sección de más de un kilómetro del muro de Berlín que se conservó para que artistas lo pintaran, una galería al aire libre. Una luz ámbar clara baña las fotografías de esa tarde. Las digitales y las mentales. Esa tarde terminó en los puestos del Oktoberfest en Alexanderplatz, en el corazón del distrito central de la ciudad. Allí cayó la noche. Allí también tuve que hacer una cola de 40 minutos para que las chicas se montaran en un juego mecánico. Pude soportar la prueba gracias a la jarra de un litro de Weißbier (cerveza de trigo), aunque tibia como la toman los nativos.

Para consuelo de tontos, comprobamos que (por lo menos en Berlín, ignoro si en el resto de Alemania) también se celebra el Halloween. Las chicas se disfrazaron y salieron por el barrio a pedir “süß oder sauer”, el alemán para trick or treat, dulce o truco, lo que sea. Con la excusa de quedarme para atender a los chamacos que vinieran a tocar a nuestra puerta, me ahorré la experiencia (fueron con mi esposa y la madre de mi esposa -entonces de visita-). Por otro lado, no tuve descanso. Pequeñas brujas, vampiresas, dráculas, momias, piratas, cirujanos y fantasmas tocaron el timbre cada cinco minutos por espacio de unas como mínimo tres horas.

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Justo en el medio de la visita de la madre de mi esposa tuve otro viaje por motivos-literarios. Estuve en Madrid y en Extremadura. Apenas salir de la estación de metro Sol en el centro neurálgico de Madrid y caminar un par de cuadras hasta donde me iba a hospedar me di cuenta de cuánto extrañaba a la gente conversando en volumen alto, el irrespeto olímpico a los reglamentos municipales, grupos de amigos compartiendo mesas al aire libre. Y las carcajadas. Eso. En diez meses en Alemania no había escuchado el torrente de ese tipo de risa desfachatada, insolente, rejuvenecedora. Claro que también vi una cantidad importante de expulsados sin regreso posible al sistema que me recordaron también lo que llevaba diez meses de no ver.

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Al fondo de estas entregas estacionales, de estos capítulos, hay un televisor encendido en el canal del noticiero. Desde la primavera, las imágenes en la pantalla son las de las migraciones forzadas. No es este el lugar para sumar ruido al ruido. Tampoco es el lugar para tranquilizar la conciencia con frases hechas. De Adam Zagajewski, escritor polaco, refugiado político en su momento, tomo y traduzco -del inglés- unos versos del monumental poema “Intenta celebrar el mundo mutilado”:

Viste los lujosos yates y barcos;

uno de ellos tenía un largo viaje por delante,

a los otros les esperaba el abismo de la sal.

Viste a los refugiados caminar sin rumbo,

oíste el canto jubiloso de los verdugos.

Deberías celebrar el mundo mutilado.

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Desde el verano abandoné las clases de alemán. Encontré muchas justificaciones, como las que barajamos en cuestión de segundos, hundidos en la almohada y protegidos por las cobijas, cada mañana que no queremos levantarnos. Un mail corto, armado con excusas y coartadas delatoras que la profesora no tuvo necesidad de responder. Tengo la impresión de que Mariajo, que sigue practicando en la calle su alemán equivocado pero efectivo, aceptó cancelar las lecciones para no prolongar mi deshonra. Hay algo, no obstante, positivo en llamarle éxito o logro a una capitulación: la sospecha de que el carácter no se forja ni en el fracaso ni en el triunfo, sino en la mediocridad. Dicho de otra forma y en tono celebratorio: Alemania no me ha hecho cambiar.

**En la licuadora del otoño están las últimas tardes de picnic en los parques; las hojas desprendiéndose de las ramas, de un lado amarillas, rojas por el otro, cayendo fuera del alcance de la vista; la lámpara de las chicas encendida hasta muy tarde la noche de la piyamada con amigas; el gradual distanciamiento de la costumbre del döner en cualquier calle (los locales se multiplican por todo Berlín, en privado los llamamos McDönner); una noche bailable con set de salsa entre locales y latinos; la sombra de las bicicletas alargada en el asfalto de las tres de la tarde, un día de semana.

Y, para fines de noviembre, un paseo por el Mauerpark (parque del Muro, literalmente), en el gentrificado distrito de Prenzlauer Berg en la zona noreste de Berlín. De camino de regreso, saliendo del Flohmarkt (mercado de pulgas) vimos cómo caían ingrávidos los primero copos de nieve de lo que luego se convirtió en una nevada densa y diagonal.

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Llegó diciembre con los domingos de adviento, el Glühwein(vino caliente con especias) en los tradicionales y luminosos mercados navideños (Weihnachtsmärkte). Por nuestra parte, entrar al último mes del año significó también echar a andar la pesada maquinaria burocrática y logística del regreso. Hay que pedir certificaciones de notas y traducciones oficiales de la escuela de LaMayor, desinscribirnos como residentes. Y, simultáneamente, planificar el aterrizaje y estadía de las primeras dos semanas en Costa Rica (nuestra casa está alquilada hasta el 31 de enero), inscribir a las chicas en la escuela de allá (inician año escolar en febrero). Cosas así.

Se termina el año sabático y hay que volver a la realidad. Más de la mitad de los pensamientos diarios están ya en el otro lado del Atlántico. Tan enfocado estoy en el regreso que una tarde de estas me pareció ver un zanate en las ramas del álamo del patio trasero. Pienso en aquel poema del artista y poeta costarricense Héctor Burke: Hoy pasé por el pueblo de nuestro sueño. / No era nuestro pueblo.

A las cuatro de la tarde oscurece, mejor dicho: empieza la noche. Uno no sabe si abrir cervezas o si meterse en las cobijas. O si meterse en la cama con cervezas. LaMayor sale para la escuela a las 7:20 cada mañana cuando, si no está nublado, todavía se ven las estrellas.

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Termino de escribir la penúltima entrega un domingo 20 de diciembre. La atmósfera de la casa básicamente esta: viene Navidad-Año-Nuevo-y-nos-vamos. Cada uno a su manera trata de resolver esa sensación de ambivalencia, los sentimientos contradictorios. La única que se mantiene imperturbable en su posición es LaMenor: “quiero volver y no viajar nunca más”. Y desde sus cinco años tiene razón en lo que dice, a ella le tocó más complicado que al resto de la familia.

Van a ser las ocho de la noche y estamos a 11° C. Lo bueno es que como me dijo una amiga “no va a haber invierno”. Lo malo es que, criaturas tropicales que regresan en tres semanas a su país, esperábamos la despedida de una Navidad blanca. No sabíamos que aquella nevada de fines de noviembre era la última que veríamos. Para explicarle a las chicas les digo que invierno en el norte sin nieve es como cerveza sin alcohol pero me piden otro ejemplo. Están desconsoladas.

También porque ya vendimos las bicicletas.

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el autor


Luis Chaves (@LuisChaves), en exclusivo para CAI, a 21 de diciembre 2015.

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