Willkommen auf den Seiten des Auswärtigen Amts

Organillos alemanes en América Latina: puentes de otra época hasta la actualidad

Artículo

spanisch
México.© Zirahuén Villamar.

Cualquier persona que recorra las calles coloniales del centro histórico de la Ciudad de México, o de barrios tan tradicionales como Coyoacán y Tlalpan, se habrá encontrado al menos en una ocasión con hombres vestidos de color caqui, gorra de plato, que dando vuelta a una manivela conectada a una voluminosa caja de donde sale música: el organillo o cilindro. Sus ejecutantes, organilleros o cilindreros han hecho de esta actividad una forma de vida, y en algunos casos una tradición familiar. Estos instrumentos pesan entre treinta y cincuenta kilogramos, y el esfuerzo de cargarlos al hombro se nota cuando los cilindreros se trasladan por las calles.


De las impresiones que provoca un organillo destaca su desfase temporal: su apariencia, sonido y canciones son de una época muy distinta. Saltan a la vista su marca y su origen. Una de las más famosas remite a Italia: Frati & Co. El origen no se vincula tan fácilmente con el nombre: Schönhauser Allee 73, Berlín. ¿Cómo algo que suena a italiano, de manufactura alemana, se escucha en una capital latinoamericana? Los expertos en historia global señalan que lo que hoy llamamos globalización no es un fenómeno reciente, como suele pensarse, sino un proceso de larguísima duración, pero cuya velocidad y cantidad de intercambios, personales o de objetos, sí ha aumentado enormemente en las últimas décadas. ¿Pueden los organillos ser un objeto de estudio histórico de la globalización?

1873 el italiano Giovanni Battista Bacigalupo se estableció en la localidad berlinesa de Prenzlauer Berg para fabricar organillos. Nacido en Modena en 1847, a los diez años viajó a Londres y aprendió la fabricación de los instrumentos, continuó ese oficio en París. A su llegada a Berlín, se instaló en el barrio italiano que existía en Prenzlauer Berg, se asoció con su compatriota Chiaro Frati, y en Buchholzerstraße 1 abrieron su taller bajo la firma Frati & Co. El éxito y la fama de esta empresa crecieron, así que la fábrica se expandió hacia otros locales en las calles cercanas Pappelallee y Schönhauser Allee. En 1890 Frati deja el negocio para retornar a Italia, así que Bacigalupo, sus hijos y nuevos socios fundan otra compañía en 1891, llamándola Cocchi, Bacigalupo & Graffigna, Con el paso del tiempo, la compañía fue cambiando de nombre G. Bacigalupo; Bacigalupo & Co. y Bacigalupo Söhne.

Hacia 1900 la fábrica y talleres de reparación de organillos empleaban alrededor de 70 personas, y en 1908 trasladaron sus actividades a la dirección de Schönhauser Alle 73, 74A, 78 y 79. En esa época los organillos berlineses se exportaban a Europa y América. El Zar de Rusia instruyó la compra de un millar de instrumentos –aunque el destino de ellos deba investigarse por separado–. Los organillos empezaron a llegar a Argentina, Chile y México en la primera mitad de los 1880, a través de comercializadores alemanes instalados en esos países latinoamericanos, cuando ya los productos germanos habían ganado reputación por su calidad e innovaciones, y en un contexto de crecimiento comercial transatlántico entre países europeos y americanos.

spanisch
Nollendorferplatz (Berlín).© Zirahuén Villamar.
spanisch
Arcaden Schönhauser Alleee (Berlín). "Les deseamos un buen día"© Zirahuén Villamar.

El trayecto específico de los organillos que todavía hoy se escuchan en México está vinculado a la empresa Wagner y Levien. Y de cerca de los aproximadamente doscientos organillos que llegaron en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, se estima que aún operan cuarenta. Instrumentos “portátiles” que hoy tienen no menos de 100 años de vida siguen sonando en México, y su presencia como actores urbanos está tan arraigada, que hasta existen expresiones populares que tienen su origen en los organillos: “cualquiera toca el cilindro, pero no todos lo cargan” en alusión a hacer la parte sencilla de una tarea, pero no la totalidad que incluye lo difícil. U otra como “monito cilindrero”, que hace referencia a la costumbre que existió entre los ejecutantes del organillo (al parecer a ambos lados del Atlántico) de tener un simio pequeño, domesticado, bailando al compás de la música, y pidiendo propinas. Hoy se usa para describir a una persona dócil al servicio de otra.

La era dorada de los organillos empezó su ocaso con la popularización de la radio y formatos de audio como los discos de acetato. En los años veinte y treinta ya era posible escuchar más música en fuentes más pequeñas, a cualquier hora; la fabricación de los instrumentos decayó. A principios de los años treinta había unos 800 cilindros autorizados en Berlín. El ascenso del régimen nacionasocialista contribuyó a la decadencia del organillo, al prohibir la mendicidad y la socialización en las calles de la forma en que se había hecho antes. Los Bacigalupo continuaron su negocio a lo largo de los doce años del régimen y la Segunda Guerra Mundial, pero pronto cayó en el olvido.

La partición de Alemania –y Berlín– en 1945 profundizó la casi extinción de la tradición del organillo. Prenzlauer Berg quedó en el sector soviético de la ciudad, y varios integrantes de la familia y negocio Bacigalupo huyeron a Estados Unidos. Cuando en 1949 se fundó la República Democrática Alemana, el trabajo de los Bacigalupo restantes en Schönhauser Allee ya solo era la reparación de los organillos. La compañía y su actividad subsistieron hasta los años setenta cuando Giacomo Giovanni Bacigalupo, heredero del quien cien años antes había llegado al mismo barrio, la cerró poco antes de morir.

Los organillos en América tomaron su propio camino: el mantenimiento y reparación de los instrumentos quedó sólo en manos locales. Piezas de repuesto originales desaparecieron, así que fueron sustituidas por otras extraídas de organillos dañados, o a través de procesos de ingeniería inversa: desarmando los equipos, observándolos detenidamente, y fabricando los dispositivos desde cero, y sin manuales. Otra diferencia transatlántica es la manera de trasladar el organillo: en México se hace cargándolo a la espalda, en Alemania se hace en carros pequeños con el tamaño exacto para el instrumento, y a una altura cómoda para que el ejecutante gire la manivela del instrumento.
La diferencia resultante de la adopción local es la historia del maestro chileno Manuel Lizana, que desde niño estuvo en contacto con los ejecutantes de organillo en Valparaíso, y hacia finales los años 1990 se convirtió fabricante artesanal de estos instrumentos, inspirado en la tecnología que Giovanni Battista Bacigalupo usaba 125 años atrás. Hoy el apellido Lizana en esa ciudad chilena es como el del italiano afincado en Berlín: el organillo está asociado a una tradición familiar. En el siglo XXI, el puente que alguna vez se cruzó en el siglo antepasado desde Alemania hacia América Latina, es recorrido de vuelta por los instrumentos que esta casa chilena fabrica y presenta en los festivales internacionales de organillo de Waldkirch (población en la Selva Negra, estado federado de Baden-Württemberg), que cada tres año reúne por un par de días a la comunidad mundial de fabricantes, reparadores, poseedores y aficionados de estos instrumentos musicales, que alcanzaron la cumbre de su desarrollo en Alemania hace una centuria. En páginas web alemanas se puede contratar a un ejecutante para fiestas privadas, o hallar noticias sobre los precios que alcanzan en subastas los instrumentos de Frati & Co.: entre 10,000 y 17,000 euros.

Los organillos en Alemania, Chile o México son hoy una tradición viva. Actualmente ningún cilindrero –ni en América ni en Europa– tiene un mono acompañándolo, pero el rito del organillo es tal, que muchos ejecutantes han incorporado la decoración con un juguete de peluche con forma de dicho animal, para cumplir con el antiguo canon. Este anecdótico hecho es elocuente del valor de dichos artefactos del siglo antepasado, que expresan el intercambio cultural y tecnológico de una globalización histórica; un vínculo entre barrios berlineses, chilangos (gentilicio de moda para la Ciudad de México) o porteños (del puerto de Valparaíso) que recuerdan al sonido de la música itinerante pero tecnologizada, anterior a la radio, los acetatos, la televisión, las cintas magnéticas, y lo digital.

Más información (en alemán):

Airen. „Nostalgie auf der Walze“. Süddeutsche Zeitung (28.10.2012)

Preissler, Brigitte „Die Drehorgel-Dynastie“. Prenzlauer Berg Nachrichten (29.06.2011)

Schumacher, Juliane. „Er hat den Dreh raus“. Die Tagezeitung (22.01.2009)

Zirahuén Villamar, en exclusiva para CAI, a 8 de julio 2015.

Contenidos relacionados

Inicio de página