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Reciclaje y Separación de Desechos: la cotidianidad en Alemania

Deutschland, Köln, Leergutautomat in einem Supermarkt.

Deutschland, Köln, Leergutautomat in einem Supermarkt., © Hackenberg-Photo-Köln

14.06.2018 - Artículo

El hacerse de una nacionalidad no se reduce a una cuestión de cumplir requisitos y llenar papeles. Es común que durante la asimilación de ese “saber que se pertenece a otro sitio” entren en juego elementos diversos, entre ellos los que dependen de las emociones. Por lo mismo no son pocas las personas experimentan una especie de revelación en algún momento del proceso o, más bien, a manera de conclusión del mismo. Un venezolano al que conocí en un curso de alemán, por ejemplo, me contó que aunque llevaba muchos años en Alemania, se deshizo por fin de la sensación de extrañamiento hasta que obtuvo su licencia para manejar. Para mi amiga Lola, de origen cubano, esa suerte de epifanía tuvo lugar cuando pudo hacer una presentación en su trabajo sin tener que recurrir al inglés. Mi caso fue por completo distinto: si bien la completación total de mi germanidad vendría muchos años después, gracias a acontecimientos de índole familiar, el primer paso que di hacia a ella ocurrió el día en el que aprendí a separar la basura sin necesitar la ayuda de nadie.

Así es: la discriminación correcta de los deshechos producidos por el hombre es algo tan alemán como la cerveza, los Lederhose (pantalones de cuero) que los hombres se enfundan en cada Oktoberfest y las declinaciones gramaticales complejas. Ya viene siendo hora, pues, de que a la lista de clichés germanos se agregue la particular relación que los habitantes de este país mantienen con su basura, relación que por cierto, aunque los que llegamos de fuera tardamos en comprender, primero, y emular, después, no sólo es constructiva sino incluso entretenida: jamás falta aquel desecho de material misterioso que debe de ser sujeto a un sesudo análisis antes de ser arrojado en uno de los muchos botes que se tienen para escoger.

Reciclaje en Alemania
Reciclaje en Alemania© (c) CAI

Un paseo por el mundo de los contenedores

Haciendo memoria, mi primer impulso al llegar a Alemania fue limitarme a separar la basura orgánica de la inorgánica para tirarla luego en los contenedores que había visto en el patio del edificio de departamentos en el que vivía. No sabía aún que el ejercicio de dividir la basura era bastante más elaborado, pues no existen únicamente dos contenedores sino varios más y cada uno posee un color que indica el tipo de basura que debe colocarse en él. En el amarillo, por ejemplo, se disponen los embalajes reciclables, es decir, envolturas de plástico, aluminio, “tetra pak” o metal. En el de color azul van el cartón, el papel y las revistas, aunque no debe introducirse papel fotográfico, para hornear o calca. Hay también uno de color marrón para la basura orgánica. Allí mis vecinos y yo echamos las sobras de comida, las plantas -sin maceta- que se nos murieron en el invierno anterior -siempre cae alguna en la batalla-, y las bolsas del té, así como los filtros de café usados. Por último se encuentra el contenedor de color negro, mismo que yo abro y cierro tan rápido como puedo porque suele despedir olores que hacen sudar frío. Razones no faltan: en él se no sólo van los objetos que no cumplen con los materiales o las características anteriormente descritos, sino también el papel higiénico, los pañuelos usados -ojo: estos dos últimos no deben ir al contenedor azul para el papel o Papiermüll, ni tampoco al café o Biomüll- por no dejar de mencionar a los ineludibles pañales.

Por fortuna, y aunque estoy seguro de que durante los primeros meses cometí varios errores a la hora de discriminar mi basura, en ningún momento fui aleccionado por nadie. Ahora sé que no sólo corrí con la suerte de evadir algún regaño sino también la multa que uno es factible de percibir si se equivoca reiteradamente en la separación de los desechos. Actualmente habito en un departamento ubicado en otro barrio y tampoco acá me he enfrentado a una situación así de molesta o incómoda. Si bien, y dado que cierta vez algún vecino de mi edificio tuvo la ocurrencia de dejar cartones de pizza embarrados con varias capas de salsa de jitomate en el contenedor azul, los recolectores de basura nos “castigaron” a todos negándonos su visita por casi cinco semanas, con lo que los inquilinos nos vimos obligados a amontonar en algún rincón de nuestros respectivos hogares los periódicos ya leídos y los cartones de huevo vacíos. Moraleja: en este país jamás y por ningún motivo debes hacer enojar a los individuos que amablemente se llevan tu basura.

¿A dónde, por cierto? Es una pregunta que me he hecho continuamente. De acuerdo a un amigo alemán que trabajó durante algún tiempo para el Partido Verde (B90/Grüne), Alemania ha hecho avances sustanciales en este sentido a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años. Tobias, que es como se llama, aún recuerda aquellas épocas en las que había miles de vertederos por lo ancho y largo de la República Federal Alemana. De esos vertederos quedan poco menos de doscientos, mismos que reciben sólo el uno por ciento de la basura. “La Alemania de ahora es por completo otra”, me dijo cuando le cuestioné sobre el tema, “pero todavía generamos demasiada basura. De los envases se reutiliza sólo el cuarenta por ciento y el resto se quema; es más funcional el vidrio, que se reutiliza en un ochenta y cinco por ciento… aunque lo mejor para el ambiente sería que todos los desechos fueran orgánicos, pues esos sí que son cien totalmente reciclables”.

De acuerdo a cifras oficiales Alemania es el país que más recicla en Europa -aunque siempre compite con Austria por el primer lugar en cuanto al total de basura reciclada con relación a la población-. Méritos aparte, la verdad es que dicho logro se antoja justo, dado que si se multiplica los alrededor de ochenta millones de habitantes alemanes por los 600 kilogramos de basura per cápita anual, el numero arrojado es capaz de detener la respiración. “En los noventa se crearon nuevos organismos institucionales y nuevas leyes que dieron sustento y obligatoriedad al reciclaje”, me indica Tobias, “además se instrumentalizó el Sistema Dual Alemán (Dual System Deutschland), que incluye a los embalajes de plástico, metal o aluminio que uno mete en los contenedores amarillos, los cuales por lo general llevan una etiqueta en la que se ve un círculo con dos flechas dentro al que conocemos como Punto Verde o Grüne Punkt. Eso significa que no sólo el consumidor sino también el fabricante paga una cuota para que los empaques sean recogidos y luego reciclados”. Gracias al viejo Tobias también me enteré de lo que más o menos cada habitante de este país paga por la recolección de desechos: unos cincuenta euritos al año.

La otra basura

Con el transcurso del tiempo me he familiarizado con prácticamente todos los usos y costumbres que el alemán común y corriente -en mi caso, el berlinés- observa con respecto a la basura y el cuidado del ambiente, siquiera lo suficiente como para hacerlos míos. Nunca olvido llevarme, por ejemplo, bolsas de tela al supermercado o a las tiendas de productos para el hogar para así no verme obligado a adquirirlas allí -son de plástico y cuestan entre 0.08 y 0.25 euros-. Asimismo, casi cada semestre saco de un cajón de mi escritorio las pilas usadas y las tiro en sitios reservados especialmente para ello y los cuales también suelen ubicarse al lado de las cajas de los supermercados.

En pocas palabras, he incorporado estos hábitos a mi día a día a fuerza de repetición. Me siento bien haciéndolo y además ya no le hallo al asunto ningún grado de dificultad. En sí la única, y a la vez mayor incógnita que tuve relacionada con este asunto ocurrió hace más de un lustro, cuando me mudé de departamento. No era que poseyese muchas cosas, pero tenía un sofá cama roto e incomodísimo al que no quería volver a ver en mi vida, ¿pero qué hacer con él? Por fortuna para entonces ya contaba con algunos amigos alemanes y uno de ellos me indicó que, al menos en Berlín, lo correcto era llevar al mueble en cuestión a un Recyclinghof, es decir, a un centro de reciclado apto para objetos voluminosos, así que, aunque mi presupuesto era limitado, alquilamos un auto y lo fuimos a dejar. En el camino mi amigo me explicó que hay otros Recyclinghof que reciben viejos electrodomésticos y otros más para productos tóxicos. Un año después, por ironía del destino, supe que habría tenido la opción de llamar a alguna de las empresas que se especializan en recoger muebles viejos y quienes además ofrecen dicho servicio sin costo alguno. C’est la vie!

 

Glas entsorgen
Glas entsorgen© dpa Themendienst

De cristal

A menos que no se consuma otro líquido que el agua de la llave, el asunto de la “retornabilidad” de las bebidas que se compran en Alemania debe de ser entendido a la perfección. Básicamente, las hay de dos tipos: a) las que se adquieren en las tienditas o quioscos, supermercados, expendios de bebidas y b) las solicitadas en los conciertos, en los famosos Biergarten u otro tipo de convites. Esta cuestión llega a ser tan relevante que el término Pfand, que es el que califica la mencionada “retornabilidad”, sin duda se encuentra en la lista de las diez primeras palabras que uno suele aprenderse al arribar a este país. Quizá sea porque en ambos casos lo que hay en juego es la posibilidad de recuperar un dinero que en realidad nos pertenece, ya que incluso viene señalado en el recibo de compra.

En el primer grupo se encuentra el grueso de las bebidas que se consumen. Éstas pueden ser de vidrio, metal o plástico, llevan en la etiqueta la leyenda Pfandflasche (botella retornable) y en algunos casos también puede observarse el monto que se nos dará al devolver la botella. Tal información es importante puesto que, en efecto, tarde o temprano habremos de emprender dicha acción. De hecho lo que acostumbra el común de la gente es juntar un número considerable de botellas para luego llevarlas y cobrar un importe más atractivo. En dicho proceso por lo general ni siquiera hay otra persona involucrada: uno se limita a introducir a las botellas en la banda de una máquina que lee el código de cada una antes de “tragárselas”, a la vez que suma el Pfand de cada una de ellas a un ticket que se nos entregará con la suma final, una vez devueltas todas las botellas, y que podremos cobrar en efectivo o mediante un nuevo consumo en ese mismo establecimiento.

En lo que respecta al segundo conjunto, el cobro y devolución del importe es más rápido, casi instantáneo. Yo comprendí el concepto en el primer concierto al que fui en Alemania, cuando aún ni siquiera me había mudado allí. Recuerdo que caminé hacia una de las muchas barras que había en el estadio para pedir una cerveza, pero tan pronto la pagué por el precio que se anunciaba en el pizarrón correspondiente, el barman me exigió más dinero. “Pfand, bitte” (Pfand, por favor), me dijo y extendió la palma de la mano, “ein Euro” (un euro). Gracias al auxilio de un buen samaritano -siempre los hay- supe que ese euro se me regresaría al momento de devolver la botella, siempre y cuando lo hiciera junto con la ficha roja que el mismo barman me dio. Tal modalidad sirve, por un lado, para que los stands no pierdan el Pfand que ellos mismos tienen que pagar a sus proveedores, y por el otro apoya con la limpieza de un lugar que de lo contrario quedaría rebosante de botellas vacías una vez terminado el recital en cuestión. Dicha fórmula también es usada, como ya mencioné, en los Biergarten, mercadillos navideños, y prácticamente en cualquier local donde se vendan bebidas, discotecas y centros nocturnos incluidos.

Glas entsorgen
Glas entsorgen© dpa Themendienst

Cabe mencionar que, aunque son las menos, en Alemania también se venden botellas -las de vino, por mencionar algunas- que no son retornables (Pfandfrei) y para las cuales existen tres tipos de contenedores según su color: verde, marrón o transparente. Dado que en este país el tema del ruido es un asunto delicado, muchos edificios de departamentos no poseen este tipo de depósitos en sus patios interiores, así que los buenos ciudadanos cargamos con nuestra dotación cada cierto tiempo y la colocamos en donde corresponde, aunque a veces dichos receptáculos se encuentren a varias cuadras de distancia de nuestros hogares. La labor de cuando en cuando es engorrosa, no cabe duda, pero forma parte de esos muchos y variados componentes que uno saben que están dirigidos al bien común. Y en casos como el mío, y como el de cientos de miles de personas que vienen de fuera, es un elemento más que todos los que deben de completarse para ir ganándose la asimilación anhelada.

Carlos Jesús González

 

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