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BERLÍN: Primavera (por Luis Chaves)

Solarenergie

Solarenergie, © dpa

Artículo

Con esta segunda entrega, el escritor costarricense Luis Chaves continúa el relato de su estadía de un año en Berlín como residente del Programa de Artistas en Berlín del DAAD.

La primavera no entró como en las películas. Empezó con días nubosos, envueltos en una brisa gélida. Esto tuvimos que explicárselo a LaMayor y LaMenor que esperaban un cambio de interruptor en el clima. Lo mismo que esperábamos nosotros pero que entendimos por la vía de la resignación. Pasaban los días, se fueron juntando en semanas y no levantaba la temperatura. Con las manos hasta lo más profundo de los bolsillos, todavía con los abrigos de invierno en abril, fuimos comprendiendo que la primavera en Berlín se celebra no tanto porque sea buen clima sino porque cualquier cosa que venga después del invierno se recibe con lágrimas. El 21 de marzo se festeja un evento psicológico antes que meteorológico.

Tampoco hay que exagerar, hubo un par de días soleados a fines de marzo y un poco más en abril. Como el de la primera tarde luminosa que volcó a locales y visitantes a las calles, bulevares y parques de la ciudad. Nosotros elegimos el Tempelhofer Feld o Tempelhof, a secas, una extensa planicie hacia el centrosur de la ciudad que fue el aeropuerto internacional de Berlín hasta el 2008. Construido a fines de los años 20 del siglo pasado en terreno que perteneció a la Orden del Temple (de ahí su nombre) en la Edad Media, los Nazis lo llevaron a la escala colosal que aún conserva. Luego fue casa de las fuerzas aliadas. Dice el mito urbano que Tempelhof se puede ver desde el espacio.

Llegamos con cinco amigos, elegimos un lugar en el área verde y extendimos el mantel del picnic. Alrededor, las pistas amplias en las que aterrizaron los aviones de la Historia y también los vuelos de la gente. Como la que circulaba en bicicletas, patines de línea o de dos ejes, deportistas en patinetas largas tirados por unos como parapentes lejanos, coloridos, flotando silenciosos contra el cielo despejado de una tarde del final de marzo.

Empezaba a oscurecer cuando recogíamos todo y hacia el final de la larga caminata para salir de Tempelhof, la forma de los amigos que, uno a cada lado, cargaban una caja de cervezas, se fue convirtiendo en una silueta que entraba borrándose al túnel de la noche berlinesa.

Rezagados con las mochilas y los bolsos, nosotros decíamos cada tanto el nombre de las niñas para ubicarlas con la voz. Y fue ese día, recibiendo la respuesta corta, monosilábica de las chicas, caminando detrás de amigos que se convertían en parte de las sombras, que algo brilló y de inmediato se apagó en alguna parte de la mente, una certeza instalada; empezaba un capítulo nuevo en la historia de este viaje.

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A partir de los tres meses después de haber llegado a Alemania, con las niñas inscritas en sus respectivas escuelas, el ritmo de la semana lo dicta el horario lectivo. Todavía es difícil saber si están aprendiendo alemán pero no hay duda de que se les está desarmando el español. Mientras redoblo esfuerzos por mantener a flote el espíritu del castellano, no las culpo de nada en el departamento de las lenguas germánicas.

Las clases semanales de alemán que recibo con Mariajo son una especie de humillación. El binarismo bien intencionado de prueba-error reducido a un árido error-error. Con cada lección queda claro que llegué 40 años tarde al idioma y que tendría que abandonar a mi familia, mi oficio, mis responsabilidades y consumirme de cabeza si quisiera aprender correctamente el alemán. Mariajo, en cambio, tiene la mejor disposición y ventaja competitiva de quienes no temen equivocarse al hablar. Es del equipo prueba-error. Metódica, mañanas de miércoles y sábados de lo que serían nuestras “ferias del agricultor”, entre el intercambio de monedas por legumbres y frutas, Mariajo empezó a ser fluida en las cifras, precios y vueltos. Por una buena parte de la primavera pronunció los números con acento turco.

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De la tierra de los jardines, de los tallos de los arbustos y de los esqueletos de los árboles empezaron a brotar puntos verdes. Las horas de luz diurna le fueron ganando terreno a las de la noche. El cuadriculado del calendario ya cubría la mitad de abril y de la inabarcable oferta cultural de museos, conciertos, conferencias, recitales decidí iniciar por el fútbol.

Fue fácil elegir una adhesión local. El Hertha BSC de la primera división quedó descartado de entrada: un equipo con merchandising en los centros comerciales. Descubrí, en cambio, al FC Unión Berlín*, de la segunda división, que creció del lado oriental del muro, con una popular base de seguidores de la clase trabajadora conocida como la Eisern Union (unión de hierro). Un equipo que renovó por dos años el contrato de uno de sus jugadores en cuanto se le diagnosticó cáncer.

La sede del Unión Berlín tiene su historia. Ubicado el noroeste de Berlín, en Köpenick, el Stadion An der Alten Försterei (algo así como estadio en la antigua casa del guardabosques) fue inaugurado en 1920, ampliado en 1966 y las renovaciones del 2009 y 2013 fueron posibles gracias al trabajo voluntario de la Eisern Union. A ese estadio llegué con dos amigos después de encontrarnos en la estación Schöneberg de la S-Bahn (la red de trenes rápidos metropolitanos). Nos movimos en otro tren a reventar con hinchas del Unión Berlín, todos enfundados en el rojo y blanco del equipo. Después del segundo tren al estadio hicimos la caminata de diez o quince minutos, la última parte en medio de un bosque secundario. Todo envuelto en el rumor creciente conforme nos acercamos a la cancha, gente caminando con botellas, moviéndolas al paso como si fueran campanas de la alegría, puestos de salchichas y cerveza. Un estadio al que se llega y se entra a pie.

El partido fue un 1-1 justo, arbitrado por una mujer de central, birra y tabaco permitidos en las gradas, coreado con entusiasmo alemán (unos grados más abajo del que uno está acostumbrado), carburado cíclicamente por el himno del club que si no lo compuso Rammstein, se le parece mucho, Un himno heavy metal.

Después de la caminata del éxodo con los hinchas del equipo de la clase trabajadora, luego de despedirme de mis amigos haciendo la ruta inversa de la mañana, regresé a mi situación irreal en el barrio acomodado de Friedenau.

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En el puente de abril a mayo se terminó de confirmar el hecho de que ya no éramos turistas en la ciudad. Cada uno con sus cosas, sus espacios, la música de fondo de la rutina es implacable. Despertador a las 6:15 am en días de semana, tender camas, alistar chicas, repartirnos en equipos de dos, lavar y colgar ropa, aspirar la casa cada tanto, rondas periódicas al súper, cocinar, lavar platos, gritarnos, atrincherarnos en los cuatro extremos de la casa, sacar la basura (estrictamente separada), reconciliarnos, ver el lento crecimiento de las plantas y flores en el balcón, recibir visitas, cenas con amigos (alemanes, argentinos, ticos, mexicanos, salvadoreños, rusos, holandeses, norteamericanos, coreanos, un portugués), picnics de fin de semana en parques, recorrer las anchas aceras de Berlín, renovar los pasajes mensuales del transporte público, pelear otra vez. Y, siempre, reconciliarnos de nuevo.

Hablo ahora de una ciudad que está totalmente florecida, atravesada por corredores de árboles enormes, por vientos templados que recuerdan que todo se puede joder en cualquier momento, ráfagas que nos mantienen en estado de alerta.

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Hubo, en estos tres meses, por invitaciones a eventos literarios, viajes a Bremen y Hamburgo. Ciudades portuarias, la primera muy antigua (antigua-medioevo, quiero decir); la otra prácticamente reconstruida de cero después de la Segunda Guerra Mundial para ser desde hace tiempo la segunda ciudad más importante del país.

El primer domingo que se puede decir caluroso del 2015 lo vivimos en Hamburgo. Tomamos una especie de ferry-bus cerca del famoso Fischmarkt* (mercado de pescado) en los muelles de St. Pauli, el objetivo era una pequeña playa de arena en la rivera donde comer un tradicional fish & chips. Fue ahí, descalzadas, con los pantalones arremangados, frente a unos cargueros desproporcionados y quietos en el río Elba, que LaMayor y LaMenor le dijeron a Mariajo, “Ma, vamos a tocar el agua”.

Por unos segundos, se podían ver desde el espacio.

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En la licuadora de los días está la marcha-festival del 1 de mayo en Kreuzberg, famosa por los históricos enfrentamientos del Bloque Negro* o el movimiento antifascista* con la policía. A esta altura, se ha convertido, por lo menos hasta antes de que oscurezca, en una feria cultural con comidas, bebidas, música y un desfile de jóvenes, viejos, familias, gente sola, en grupos de amigos, curiosos y turistas. El espíritu contestatario y confrontativo, punk, originario totalmente potabilizado por el comercio y el tic de la mediación. Eso vimos hasta donde nos tocó caminar por la calle Oranienburg que abandonamos cuando ya el volumen del techno y el manoseo público no eran, cómo decirlo, children friendly. Y con children me refiero a mí.

Está también el paseo dominical a las playas de los lagos de Wannsee. Ciudad que alberga el puente y el palacio de Glienicke, patrimonio de la humanidad de la UNESCO. Y también donde, en 1942, se realizó la Conferencia de Wannsee donde Adolf Eichmann condujo la orquesta que decretó la llamada Solución Final.

En los lagos de Wannsee, un extenso balneario donde se vuelca todo Berlín en cuanto retrocede el frío, las mujeres de la casa se bañaron topless y/o desnudas, siguiendo el ejemplo de los nativos. Comprobamos, un domingo soleado de inicios de junio, que en Alemania no le tienen miedo a la piel descubierta. O comprobamos otra cosa, que en Latinoamérica estamos arrodillados por el pudor.

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Algo poderoso pasa durante la primavera. Algo que atraviesa todo esto que cuento. Las semillas de los álamos, livianas, leves, como unos copos de nieve que no se derriten nunca, cruzan detrás de todo lo que sucede, lentamente, en suspensión, convirtiendo las imágenes mentales en recuerdos de cámara lenta. Los carros distantes atrás, la joven que cruza en bicicleta la Hauptstrasse, enchufada a los audífonos, dueña de la luz, la libertad y la juventud, ralentizada por esas partículas sin gravedad que se mueven en contra del tiempo.

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A la vuelta de la esquina de casa está el supermercado. Ya nos conocen a todos. Junto con el vecino de arriba, un coreano-norteamericano becario también de la BKP*, somos la diversidad cultural del barrio. Nos conocen también en la panadería, la farmacia y el bar-restaurante que está en la entrada de nuestra estación de tren, a una cuadra de casa.Siempre me pregunto cuánto ganarán las personas que trabajan en la caja de los supermercados. Filas enormes que atienden con una sonrisa y unos modos dulces que incluso rayan en lo freakie. Todos excepto la señora Zimmermann que me recibe con cara de bulldog, apurándome en alemán, sin conceder un gesto solidario en inglés por más acongojado que esté yo tratando de entenderle, con gente impaciente detrás mío.

Hace pocos días, hora pico de compras, me tocó enfrentarla. Llegué con los abarrotes (helado, queso y cerveza), los fui metiendo en el bolso mientras ella computaba, vi luego el monto en el monitor de caja y como respuesta a algo que me pareció haber descifrado le tiré de revés, “Dreiundzwanzig Cent habe ich” (tengo los veintitrés centavos). Zimmermann quedó helada, la señora detrás mío en la fila me sonrió. Salí del supermercado sintiéndome Hegel.

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Termino esta entrega con el solsticio de verano, el día más largo del año. Llegamos hace cinco meses, quedan seis por delante. Hay luz de pleno día a las 8 pm y ya las chicas se fueron a dormir porque mañana empieza una nueva semana escolar. Ya van varias semanas de vestidos floreados y sandalias, ellas; shorts y camisetas, yo.

Saquemos la mano por la ventana de esta crónica, eso que tienen en la palma son las semillas de los álamos.

¡Dreiundzwanzig Cent habe ich!

Información sobre el autor


Luis Chaves (@LuisChaves), en exclusivo para CAI, a 23 de junio de 2015.

* Enlaces:

FC Unión Berlín

Fischmarkt (Hamburgo)

Bloque Negro

Movimiento antifascista

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